Desde que me interesé en vivir en aquel pueblo, algo cerca de esa casa me había llamado la atención. Podría haber sido el tobogán que se veía desde la habitación que me mostraba el vendedor de inmuebles, o también el desorden de muñecos y juguetes que se entreveía en la cocina vecina.
La mujer que ordenaba dicho desastre era atractiva, lo admito. Quizás una fracción minúscula de mi decisión de mudarme fue ella. Prometía ser una vecina interesante, y luego me enteraría, por terceros, de su soltería.
Me enteraría también, por mi cuenta, que lo que decían acerca suyo era verdad.
Pero no fue por ella que decidí trasladarme, no. Tampoco por los materiales perecederos a su alrededor.
Mi determinante estaba allí, sentada sobre el verde césped, absorta en su mundo, jugando con muñecas. No dudé un segundo en alquilar la casa. Tenía una razón muy importante y una misión auto-encomendada inconsciente y menester relacionada a alguien.
A ti.
Y desde entonces, allí me encontraba todos los días desde que ese cuarto fue mi habitación, observándote con gula. Tus dulces pómulos rosados humedecían con belleza la hora del té y transformaban el momento más agobiante del día en un banquete de ambrosía y néctar divino: delicioso e inalcanzable.
Sobre el vívido césped jugabas con la muñeca que siempre llevabas encima, mientras yo imaginaba cómo podrían, unas manos tan inexpertas, llegar a concretar el maravilloso y encantador acto de la pasión. Dulces sonrisas que, acompañadas de canciones temáticas que escuchaba desde la ventana, ahogaban el mundo a mi alrededor y me sumían en los más profundos abismos del regocijo.
Eventualmente alzabas tu cabeza hacia donde se encontraba la mía. Impoluta, me mirabas sin discreción con la paz y la serenidad con la que mira quien no ha sido víctima de las catástrofes impredecibles del Destino: mejillas enrojecidas, labios vírgenes de todo pecado, ojos marrones.
¡Tus encantadores ojos marrones! ¡el Infierno y el Cielo disputándose el paisaje más bello y destructivo de todos los tiempos!
No correspondía a tu saludo. De hecho —y honestamente—, no lograba levantar mi brazo. Tu mirada actuaba de la misma forma que lo hacía la de Medusa con sus víctimas, y la petrificación era instantánea. Permanecía estático hasta que tu terso rostro descendía suavemente a tu pequeña compañera de tela mientras yo recuperaba el aliento y la razón, con el cuerpo oculto bajo el marco de la ventana.
Necesitaba escapar de tu visión para poder centrarme en reducir el ritmo cardíaco y retomar mi vida normal.
Pero me resultaba, sencillamente, imposible.
¿Cómo se puede calmar el quejido del alma cuando tu imagen me rodea con fiereza y penetra en mi como mil agujas por el cuerpo?
Observándola desde la cocina, tu madre se hallaba absorta en sus pensamientos. Afortunadamente su vida de adulto la consumía más de lo necesario y no te prestaba la atención que merecías, lo que me daba piedra libre a degustar tu imagen; no obstante, en ciertas ocasiones lograba enervarme su descuido.
Tesoros —como tú— deben mantenerse al resguardo de maleantes impuros —como yo—.
Día tras día, confirmaba su angustiante ausencia y veía cómo te ingeniabas para no sufrirla, aferrándote a aquella muñeca dichosa. Peinándola, vistiéndola, lavándola. Pasaba horas enteras viéndote hasta que corrías hacia la cocina a merendar, previo grito de tu madre.
Construía en lo más lúgubre de mi ser, algún plan que lograra acercarte a mí lo suficiente como para no dejarte ir jamás, porque eso necesitaba. A cada segundo que pasaba observándote, en los confines de mi libido se abría cada vez más una brecha oscura y siniestra que esperaba el mínimo error para que tropezaras por la cornisa y cayeras quedando reclusa por siempre en la cárcel de mis placeres. Lucharía con descaro por una céntima aprobación tuya, sin importar qué tipo de promesas debiera cumplir o qué clase de cosas hacer. Uniríamos nuestras almas confinando los pecados y archivando hasta el último suspiro en aquel rincón maravilloso y sin escrúpulos de la memoria a largo plazo. Guardaría tus gemidos por siempre.
Al acostarme, a veces, cuestionaba acerca de si lo que pensaba acerca de ti estaba bien. Si era correcto desearte de la ferviente forma en la que lo hacía, o si era incorrecto querer rodearte en mis brazos en una muestra de cariño más allá de todo. Tal vez recibiría el rechazo de la sociedad entera, quedando a la deriva contra el mundo. La exclusión sería casi inmediata al hecho. Me consagraría al pecado eterno entregándome al suicidio o viviría afuera de todo, a la izquierda de todo lo establecido, que era básicamente lo mismo.
Pero imaginaba tu piel rozando la mía y los suspiros alejaban cualquier pensamiento opositor. Éramos tú y yo.
Me dejaba volar en sueños y me levantaba al otro día, con la decisión de lograr mi objetivo.
Una tarde particular, el día destelló de algarabía y mi mente se entregó a la confusión.
Tu madre se encontraba haciendo algún tipo de comida elaborada, más ajena al mundo si cabe, y opté por ir hacia mi ventana mágica a observarte. De repente levantaste la vista —como aquella vez varias semanas atrás—, y clavaste tu inocente mirada sobre mí. Repitiendo el ciclo, quedé inerte frente a la acción de tus ojos hasta que, dando el primer paso, decidiste levantar una mano para saludarme a lo lejos mientras con la otra abrazabas a tu muñeca.
Solamente logré sonreír torpemente, víctima de los nervios avasallantes.
Aquello que tanto deseaba, tú, pequeña figura de porcelana, alimentabas activamente el ferviente deseo de apropiarme de tu alma, de tu cuerpo.
De ti.
Giraste tu cabeza hacia la puerta trasera de tu casa, buscando alguna reacción de tu madre a mi parecer, y la regresaste a mí al no recibir negativas.
Sonreíste.
¡Ay de mí! ¡Nada en este mundo me habría iluminado tanto como lo hacía esa bella sonrisa! ¡Todo a mi alrededor se reducía a tus dientes pequeños, blancos! Piezas de un piano nuevo y desafinado que buscaban, segundo a segundo, un oído experto que le sirviera de diapasón y lograra captar la esencia de su sonido, junto a unas manos que la acariciaran con suma delicadeza y le hicieran recitar una melodía angelical única, nunca antes escuchada, que le otorgara la confianza para que entendiera que, de una vez por todas, al fin sería la estrella de la noche. Aquellas manos que lograran hacerla suya deberían buscar la forma para ser las únicas que cumplieran todos los requisitos para probar cada dulce nota y entrelazarlas una por una para componer la canción de su vida, la canción del amor, que mantendría eternamente atado el lazo poético que las une.
Debería encontrar la forma de que aquellas manos y aquel oído fueran los míos. Y lo serían.
Haría música a través de ti.
Decidí devolverte la sonrisa, saludarte con discreción desde mi ventana y cerrar las cortinas —por primera vez en mucho tiempo—, para así poder enfocarme en ti. Y en mí.
Aquella noche fue diferente a las otras. Porque estuviste mucho más presente de lo habitual. Soñé tus brazos alrededor de los míos en un cálido y reconfortante abrazo, acompañado de sonrisas sublimes y caricias ocultas. Tu querida muñeca no estaba contigo, y no parecía importarte, más bien leía regocijo en tus brillantes ojos. Eras una hermosa rosa en la cúspide de su majestuosidad. Por ello mismo, por tu impactante belleza, no podía arrancarte los pétalos de forma violenta. El accionar debía ser sutil para mantenerte en tu esplendor. Las emociones se tornaban efusivas entre ambos y las pulsaciones aumentaban raudamente al igual que los movimientos entre los cuerpos. Me estabas regalando el milagro divino que tanto había estado esperando cuando espontáneamente todo a mi alrededor comenzó a esfumarse y disolverse hasta terminar en una densa oscuridad sepulcral.
Desperté con la asfixia propia del impacto. La transpiración me envolvía como una capa con los restos de una pasión que no fue pero que podría haber sido.
De forma gradual y gracias a tus saludos a escondidas de tu progenitora, la secuencia de mi sueño se repetía cada vez más durante el día. La obsesión era cada vez más enfermiza y el impulso de tenerte cerca estaba ganando terreno de forma abismal.
Ya no podía estar lejos. Me embriagaba en pensamientos intensos durante el día observándote, y a la noche me hundía en tu piel pensándote, construyendo historias con el movimiento de tus manos y la suavidad de tu boca; tu madre, por otro lado, seguía sin tomar los recaudos necesarios para mantenerte a resguardo.
Incluso cuando fui a tu casa no te dio la importancia correspondiente.
Decidí dar el segundo paso y visitarte, aunque no supiera qué hacer para tocar la puerta ni cómo lograr saludarte sin levantar sospechas. Observé mis cuentas a pagar y una idea alumbró mi mente como un farol en el medio de la noche.
Vigilé a tu madre hasta que supe que no estaría atenta al exterior y tomé aquellas boletas y sobres que no hubieran atravesado correctamente por la rendija de su correo, y luego toque la puerta e inspiré con ímpetu, relajando cada músculo de mi cuerpo para aparentar naturalidad.
Debía calmarme.
Cuando abrió la puerta, me presenté amablemente y le comenté que las boletas estaban sueltas por su patio delantero, presas del viento, y que me acerqué para entregárselas antes de que algún otro las viera como un juego y se las llevara. Esperaba que quedara creíble, y lo más importante, que ella se lo creyera.
Para mi fortuna, sonrió y agradeció cortésmente. Me preguntó de donde era y se sorprendió al enterarse que era mi vecina. Luego, después de charlar unos minutos sobre la puerta, me invitó a pasar.
En mi interior bailaban ondas llameantes producto de la emoción y la ansiedad.
El living y la cocina se mostraban tal cual los había visto desde mi casa: paredes de colores claros, un suelo brillante, cuadros de temas triviales y un mar de juguetes esparcidos.
Y tras ellos, estabas tú.
Ni mil caballos galopando a la par se compararon con la cantidad de sentimientos que se agolparon en mi cabeza cuando te vi sonriéndome de cerca. El corazón daba saltos despotricados por doquier, y si no hubiera sabido controlar mis sentimientos probablemente hubiera terminado en el hospital, víctima de emociones incontrolables.
Cuando me acerqué y te besé la mejilla, las piernas me temblaron por un segundo.
El primer contacto físico, un beso inocente en la mejilla, y un portal hacia un mundo que pensé que no conocería nunca. Te encontrabas sin la muñeca, como en mis sueños, lo que me generó un espasmo espontáneo que activó mis más profundos y prohibidos sentimientos.
Toneladas de dulce agua sagrada calmando mi sed desenfrenada de ti. Cientos y cientos de estrellas bailando estoicamente sobre cada centímetro de tu blanca y lampiña piel, explicándome sin palabras la indiscutible muestra de que la perfección humana existe; que es y se desarrolla en cada aroma tuyo, en cada mechón de pelo que se suelta de tu deshecha trenza, en cada juguete y muñeca con la que juegas, en el dulce perfume natural de tu piel, de la que eres portadora natural y que me hace perder la razón con tanta facilidad: embriagante fragancia de juventud infantil rodeando cada recodo de tu pequeño cuerpo, ajeno a la fétida esencia de la adultez corrompida por el abrazo de las hormonas y el paso del tiempo.
Serías mi presa. No te dejaría ir. A costa de caramelos y promesas seguirías mi juego.
Serías mía.
Pregunté, como si no hubiera sabido de tu existencia hasta ese momento, cuál era tu nombre y qué edad tenías. Mantuve la serenidad y la compostura en la medida en la que me era posible no emocionarme al pensar en ti. Cada dato de tu vida era una caricia deliciosamente prohibida.
Luna era tu nombre.
Luna.
Eras mi satélite. Habías nacido para girar alrededor mío y yo había nacido para ser tu planeta. Pero iba a romper ese precepto. No sufriría más la lejanía entre nosotros. No serías más inalcanzable.
La colisión era inminente.
Te sonreí sin vergüenza. Algo en mí se había roto. Me dedicaste una risa y tu voz se oyó tan dulce que mis deseos se arremolinaron como una tempestad violenta.
Volví la cabeza a tu madre preguntándole de nuevo tu edad, ya que tu silencio era, aunque perfecto, inquietante.
Cuando me comentó que a tus 3 años aún no hablabas, el cúmulo de deseos y pasiones dentro mío se concentró y dio lugar al huracán silencioso más embravecido en mi historia. Un mar de palabras abarrotándose y chocando con fiereza en cada pared de mi corazón sin piedad ni recelo. Luchaban por salir como gritos de guerra desenfrenados para darle fin a la mentira absurda de la buena vecina. Sentía sobre mi pecho una presión nefasta y carnal que me obligaba a lanzarme sobre ti, pero debía contenerme antes de que fuera demasiado tarde para colisionar de forma correcta. Tu madre seguía poniendo resistencia con su presencia superflua. Estaba intoxicando nuestro destino.
Asentí a su comentario con la poca neutralidad que quedaba rondando por mi cuerpo. La cordura estaba muriendo y lo sabía. Sabía que debía estar preocupada, porque a pesar de tener mis problemas mentales, nunca había querido matar a una mujer para quedarme con su hija. Había desmayado, lastimado, secuestrado. Pero nunca asesinado.
Sin embargo, quedarme parada de brazos cruzados viendo como esa mujer te consumía la vida me enervaba, Luna. Porque con esa edad deberías haber estado gritando por todos lados, juntándote con chicas de tu misma talla y compartido muñecas y vestidos con todas ellas y no quedándote encerrada en tu casa siendo acosada por alguien que te desea como nunca deseó a nadie. No podía permitir que ella te arrebatara, en su afán de ser “buena madre”, la oportunidad de experimentar el mayor placer de la vida. Sus cuidados te iban a mantener incauta en una burbuja con figuras de princesas en la que no ibas a poder saborear el gusto de la piel humana hasta por lo menos los quince años, y Luna, mi pequeña Luna, mi brillante, pálida y sonriente Luna, ¿Cómo iba yo a permitir que te hicieran eso? ¿Cómo iba a dejar que la insensible de tu madre te prohibiera sentir el cálido placer del contacto entre pieles?
Ella no lo sabía. Pero ya eras mía.
Le pedí que me llevara hacia el baño porque necesitaba acudir a él. Mantuve la locura que me poseía a raya por unos segundos, los necesarios para que virara a un pasillo y yo pudiera agarrar lo primero que tuviera a la vista para reducirla, una bolsa de nylon vacía. Me preguntó si tenía esposo, a lo que respondí que no. Luego me interrogó acerca de la causa, porque era una mujer bonita que podía tener a cualquier hombre que quisiera. Contuve mi respuesta mientras observaba detenidamente el objeto en mi mano, concentrada en mi objetivo.
Cuando entró al baño a encender el interruptor, la tomé del cuello con fiereza y cerré la puerta de un golpazo.
Ya no me importaba, Luna. No me importaba ella.
No me importaba nada.
Mientras la ahorcaba rodeándola con la bolsa apretándola con mi mano más hábil —la izquierda—, buscaba la forma de callar sus gritos para que no te asustaran. Enterarte de su muerte iba a consumirte. Dominada por la ira y la desesperación, apreté su boca con una mano y con la otra —que tenía la bolsa— empecé a chocar su cabeza contra con el lavamanos. El primer golpe sólo la alteró más y aumento el volumen de sus gritos, pero cuando logré agarrarla correctamente del cabello, la violencia fue máxima y logré partir el lavador con su cabeza. La cerámica caía al suelo, lanzando estrepitosos sonidos agudos junto a manchas de sangre bañándolas.
Tu madre ya estaba inconsciente y probablemente no saldría viva después de eso, pero mi sed de sangre no estaba saciada a pesar de estar untada en ella. Necesitaba verla morir en mis manos, mancharme con los restos de su existencia y dejarle claro que, en la selva urbana de la vida, sólo sobrevive la más apta.
La deje caer, deseosa de oír el retumbante sonido seco del cuerpo que no opone resistencia chocando contra el piso. Luego, con una mano sola y sin demasiado cuidado, empecé a estrellar su cabeza contra el inodoro hasta que comprobé que su respiración había cesado.
Mi trabajo estaba hecho.
Había matado.
Y la sensación era única.
Sabía que no había marcha atrás de esto, así que decidí dejar todo en el olvido. No me torturaría con una muerte que merecía ser. Esa mujer simplemente no merecía vivir. Como buena vecina la ayudé a cumplir con su objetivo de vida.
No interferir en la mía.
Me lavé las manos en lo que quedó del lavamanos, y me observé en el espejo un breve momento. Al igual que todo en el bañado, estaba teñida de carmesí, la añorada sangre de tu madre. Me quité la ropa sucia y quedé en paños menores. Apagué la luz, cerré la puerta y me fui a verte al comedor.
Me preguntaste dónde estaba tu madre con unas señas un tanto confusas que logré descifrar, y con una sonrisa te comenté que había ido a comprar y que dentro de un rato tú la acompañarías. Te ofrecí ir a jugar, luego de que estuvieras calmada, a un juego muy divertido que sólo yo sabía cómo jugar. Me miraste interesada, de la misma forma en la que me habías visto desde tu patio.
Dejé de ver las cosas con claridad. Estaba ahogada de locura, me había dominado completamente y estaba entregada a la demencia.
Te propuse que fueras a tu cuarto y que yo te seguía para contarte de qué trataba la consigna y te fuiste sumamente emocionada, sin responder con una seña acaso. Sonreí de placer, de esa forma que antecede lo que va a pasar y disfruta el instante de calma antes de la tempestad.
Revisé los estantes de la cocina, curiosa, en busca de algo que me ayudara en mi mágico truco al final del espectáculo. Encontré, en una de las puertas superiores de la alacena, un estuche con cuatro cuchillos, y al lado, una muñeca.
Tu muñeca.
Bajé las dos cosas y las dejé en el estante una al lado de la otra. Seguramente tu madre te la habría sacado luego de que hicieras alguna travesura. No te la daría hasta que no retribuyas tu mal comportamiento con uno mejor.
Quité el cuchillo más largo y delgado de todos y, tomando la muñeca desde los pelos, le corté la cabeza con extrema facilidad, el cuchillo estaba tan bien afilado que no opuso la más mínima resistencia. Me reí en voz alta mientras el cuerpo chocaba en el piso, inerte y degollado. Lo levanté y lo llevé conmigo.
Caminé hacia el baño, entreabrí la puerta y tiré la cabeza de la muñeca inmunda al cuerpo de tu madre. Volví a cerrarla con la esperanza de que no se abriera nunca más mientras me mantuviera con vida.
Fui con el cuchillo al cuarto donde te encontrabas. La mujer que te observaba desde su casa, obnubilada por tu belleza, ya no estaba. Había muerto en manos de la esquizofrenia hacía unos días, y había terminado de perder el control de sus actos hacía unos minutos.
La que te hablaba era otra, mucho más oscura. No tenía miedo de hacer lo que haría. Iba a rendirle homenaje a tu madre obligándote a cumplir tu castigo.
Pero esta vez, elegiría yo la reprimenda.
Serías mía, Luna. Serías mía en todos los sentidos habidos y por haber de la palabra. Te daría el regalo más bello del mundo y tendrías que saber aprovecharlo. No cabía en mi mente la idea de rechazo. Ibas a entregarte completamente de forma voluntaria.
Cerré la puerta de tu habitación con llave y lancé el cuerpo de la muñeca delante de ti.
La oscuridad me dominó al mismo momento que lo hacía la libido y la demencia.
Ibas a ser totalmente mía.
Sólo mía.
Y después, no serías de nadie.
De nadie.
Nunca más.
Y yo sería tu primera y tu última.
Yo sería tu última.
Y tú, Luna, tú serías la mía.

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