Resulta que las cosas no fueron del todo bien, como era de esperar. En un mes había dejado la facultad, mi mamá se había muerto, mi (ex)novio era un estúpido de magnitudes colosales, estaba tratando de acomodarme al nuevo puesto de trabajo, me peleaba al menos una vez por día con algún compañero, había empezado a vomitar de vuelta, y, como mis francos eran entre semana, no podía gozar de ninguna compañía porque todas mis amistades trabajaban. Un panorama un poco desalentador, ¿no?
Entre todo ese
infierno estaba yo, saliendo a comprar, caminando en silencio, llorando
esporádicamente, planteando si el sentido de la vida realmente existía. ¿Por
qué de repente todo estaba tan oscuro y nada tenía significado?
No hallaba razón
para estar bien, sentía que nada lo estaba. Nunca había pasado tanto tiempo sin
sonreír, con lo mucho que me fascina hacerlo. Me encontraba encerrado en mi
burbuja lúgubre, respiraba un aire tan viciado de angustia que solo exhalaba
miedo. Miedo de otras desgracias, miedo de no poder enfrentar todo lo que la
vida me daba, miedo de no poder superar estas pruebas que se supone que me iban
a hacer más fuerte. Un miedo latente de dejar de intentar para lanzarme al
vacío de la muerte. Porque no lo voy a negar, lo pensé. Lo pensé mucho,
muchísimas veces. En cada canción sentía a mamá, en cada cuento imaginaba a
Lucas, en cada capítulo de cualquier serie que viera me comparaba con los otros
cuerpos, hegemónicos y esculturales. Nada estaba bien conmigo. Absolutamente
nada.
¿De qué sirve luchar si no existe una causa para hacerlo?
Un mensaje me volvía a la realidad como un balde de agua fría en un día de calor sofocante. Como en Let it be, Mary venía a mí y me ayudaba a superar lo que fuera en todos los momentos problemáticos en los que me encontraba.
No, no era la
virgen María de las estampitas. Era una María exclusiva para mí. Una que me
consoló cuando mi papá quedó internado, que me ayudó cuando empecé a conocerme
como gay, que me dio una mano cuando nadie más lo hacía, que dejó de ir a su
trabajo para estar conmigo cuando mamá murió y que me presentó a su familia, quienes
me adoptaron como un integrante más de la misma forma en la que lo hacía ella.
Mi mejor amiga para toda la vida, mi confidente, mi colega y mi otra mitad.
¿Quién, si no, podía sacarme del dolor?
Incansablemente me
mandaba mensajes todos los días. A veces los respondía, a veces, no. ¿Lo
maravilloso de esto? Nunca me dejó. Me daba el tiempo necesario para que
transitara el dolor, pero no el suficiente para autoflagelarme. Tenía –y tiene–
un reloj interno que sincronizaba sus emociones con las mías como si fuera un
pequeño diapasón y las atenuaba. Un ser único en el mundo, igual a todas las
otras personas, con sus problemas y sus complejos, idéntica a las demás, pero
única y especial para mí.
La única que podía
llenarme de significado.
Considero las
dificultades de la vida como evaluaciones que el universo nos da para poder
hacerles frente y demostrar que tenemos la habilidad de superar obstáculos,
incluso cuando creemos que no podemos, porque ese mismo universo –dios,
destino, karma, ente superior, como sea que quieran llamarlo– nos da un arma
para que podamos enfrentarnos a todo.
María fue mi arma
desde que la conocí, una especie de guadaña que se dedicó a cortar cualquier
atisbo de dolor que brotara a mi alrededor, porque la vida tenía que ser dura,
sí, pero tolerable. Una maestra en el arte del consuelo y una guerrera salvaje
protectora de mi corazón.
Y así estaba en mi
vida, así era: ciento sesenta centímetros de persona que albergaban toda la
humanidad que puede pedirse a alguien. La amaba. La amo. La voy a seguir amando
hasta que el mundo se rompa y vuelva a ser fuego y cenizas. Fue el regalo del
universo para mostrarme que, por más terrible que sea la vida, siempre hay
alguien por quien vale la pena lucha.
Y me enseñó
muchísimas cosas, además. ¡No es solo una cara bonita! Me ayudó a entender que
la injusticia no es excusa para hacer mal algo, que la amistad es un tesoro que
se cuida y se nutre día a día y que el amor verdadero existe y no
necesariamente es el de parejas. El amor verdadero existe más allá de cualquier
categoría y cualquier vínculo afectivo, sobrepasa cualquier frontera y se
asienta en las personas indiferentemente de su vínculo.
Por algo la nombré
en tantos otros capítulos. Por algo tuvo otro apartado dedicado a ella. Creo
que jamás en toda mi vida había amado tanto a una persona como a ella. Si me
pongo a pensar, en cada recuerdo feliz está, pero también en cada recuerdo
triste. Contra viento y marea, permaneció estoica. Y yo pude ser feliz a pesar
de todo por eso.
Por ella.
Por su carisma, por
su malhumor, por sus ataques de soledad, por su personalidad parecida a la mía,
por cada característica suya que la hace ser quien es y me hace amarla y desear
estar para ella en cada momento de su vida. Por su amistad soy feliz.
El amor verdadero
es muy difícil de encontrar, y mucho más difícil de mantener.
Tuve la fortuna de
hallarla de joven. De tenerla como mejor amiga.
Me tomaba la mano
antes de caer en lo más profundo de mi vida y te tomó con mucha más fuerza
cuando toqué fondo. Me levantó y me ayudó a caminar. Entendí, cuando la tuve
cerca, que la vida no es solo sobrevivir.
La vida se trata de
encontrar los momentos que iluminen en los tiempos de oscuridad.
Y ella es mi luz.
Este, en particular, es parte de un trabajo práctico que tuve que hacer acerca de las autobiografías. La consigna consistía, más o menos, en escribir un capítulo de el supuesto libro de nuestra historia. A partir de ahí, tomé un momento un tanto difícil para mí que no habría podido superar de no haber sido por mis amistades, pero particularmente por una amiga que estuvo desde siempre. una suerte de carta de agradecimiento para ella, por su amistad, por su amor y por todo lo que hace por mí día a día. A ella y con todo el corazón: gracias.

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