Bienvenidos

Somos las decisiones que tomamos, el trago de elegimos beber, las lágrimas que queremos soltar, las cadenas que aceptamos tener y las letras que decidimos juntar.

Somos humanos vulnerables, somos una existencia efímera, somos un detalle al pasar. Sin embargo luchamos, contra todo pronóstico, para convertirnos en un coctel de letras y vodka en la mesa del universo.

Queremos ser ínfimamente grandes. Queremos estar por siempre.

O casi.

Vas a estar para siempre

 

Resulta que las cosas no fueron del todo bien, como era de esperar. En un mes había dejado la facultad, mi mamá se había muerto, mi (ex)novio era un estúpido de magnitudes colosales, estaba tratando de acomodarme al nuevo puesto de trabajo, me peleaba al menos una vez por día con algún compañero, había empezado a vomitar de vuelta, y, como mis francos eran entre semana, no podía gozar de ninguna compañía porque todas mis amistades trabajaban. Un panorama un poco desalentador, ¿no?

Entre todo ese infierno estaba yo, saliendo a comprar, caminando en silencio, llorando esporádicamente, planteando si el sentido de la vida realmente existía. ¿Por qué de repente todo estaba tan oscuro y nada tenía significado?

No hallaba razón para estar bien, sentía que nada lo estaba. Nunca había pasado tanto tiempo sin sonreír, con lo mucho que me fascina hacerlo. Me encontraba encerrado en mi burbuja lúgubre, respiraba un aire tan viciado de angustia que solo exhalaba miedo. Miedo de otras desgracias, miedo de no poder enfrentar todo lo que la vida me daba, miedo de no poder superar estas pruebas que se supone que me iban a hacer más fuerte. Un miedo latente de dejar de intentar para lanzarme al vacío de la muerte. Porque no lo voy a negar, lo pensé. Lo pensé mucho, muchísimas veces. En cada canción sentía a mamá, en cada cuento imaginaba a Lucas, en cada capítulo de cualquier serie que viera me comparaba con los otros cuerpos, hegemónicos y esculturales. Nada estaba bien conmigo. Absolutamente nada.

¿De qué sirve luchar si no existe una causa para hacerlo?

Un mensaje me volvía a la realidad como un balde de agua fría en un día de calor sofocante. Como en Let it be, Mary venía a mí y me ayudaba a superar lo que fuera en todos los momentos problemáticos en los que me encontraba.

No, no era la virgen María de las estampitas. Era una María exclusiva para mí. Una que me consoló cuando mi papá quedó internado, que me ayudó cuando empecé a conocerme como gay, que me dio una mano cuando nadie más lo hacía, que dejó de ir a su trabajo para estar conmigo cuando mamá murió y que me presentó a su familia, quienes me adoptaron como un integrante más de la misma forma en la que lo hacía ella. Mi mejor amiga para toda la vida, mi confidente, mi colega y mi otra mitad. ¿Quién, si no, podía sacarme del dolor?

Incansablemente me mandaba mensajes todos los días. A veces los respondía, a veces, no. ¿Lo maravilloso de esto? Nunca me dejó. Me daba el tiempo necesario para que transitara el dolor, pero no el suficiente para autoflagelarme. Tenía –y tiene– un reloj interno que sincronizaba sus emociones con las mías como si fuera un pequeño diapasón y las atenuaba. Un ser único en el mundo, igual a todas las otras personas, con sus problemas y sus complejos, idéntica a las demás, pero única y especial para mí.

La única que podía llenarme de significado.

Considero las dificultades de la vida como evaluaciones que el universo nos da para poder hacerles frente y demostrar que tenemos la habilidad de superar obstáculos, incluso cuando creemos que no podemos, porque ese mismo universo –dios, destino, karma, ente superior, como sea que quieran llamarlo– nos da un arma para que podamos enfrentarnos a todo.

María fue mi arma desde que la conocí, una especie de guadaña que se dedicó a cortar cualquier atisbo de dolor que brotara a mi alrededor, porque la vida tenía que ser dura, sí, pero tolerable. Una maestra en el arte del consuelo y una guerrera salvaje protectora de mi corazón.

Y así estaba en mi vida, así era: ciento sesenta centímetros de persona que albergaban toda la humanidad que puede pedirse a alguien. La amaba. La amo. La voy a seguir amando hasta que el mundo se rompa y vuelva a ser fuego y cenizas. Fue el regalo del universo para mostrarme que, por más terrible que sea la vida, siempre hay alguien por quien vale la pena lucha.

Y me enseñó muchísimas cosas, además. ¡No es solo una cara bonita! Me ayudó a entender que la injusticia no es excusa para hacer mal algo, que la amistad es un tesoro que se cuida y se nutre día a día y que el amor verdadero existe y no necesariamente es el de parejas. El amor verdadero existe más allá de cualquier categoría y cualquier vínculo afectivo, sobrepasa cualquier frontera y se asienta en las personas indiferentemente de su vínculo.

Por algo la nombré en tantos otros capítulos. Por algo tuvo otro apartado dedicado a ella. Creo que jamás en toda mi vida había amado tanto a una persona como a ella. Si me pongo a pensar, en cada recuerdo feliz está, pero también en cada recuerdo triste. Contra viento y marea, permaneció estoica. Y yo pude ser feliz a pesar de todo por eso.

Por ella.

Por su carisma, por su malhumor, por sus ataques de soledad, por su personalidad parecida a la mía, por cada característica suya que la hace ser quien es y me hace amarla y desear estar para ella en cada momento de su vida. Por su amistad soy feliz.

El amor verdadero es muy difícil de encontrar, y mucho más difícil de mantener.

Tuve la fortuna de hallarla de joven. De tenerla como mejor amiga.

Me tomaba la mano antes de caer en lo más profundo de mi vida y te tomó con mucha más fuerza cuando toqué fondo. Me levantó y me ayudó a caminar. Entendí, cuando la tuve cerca, que la vida no es solo sobrevivir.

La vida se trata de encontrar los momentos que iluminen en los tiempos de oscuridad.

Y ella es mi luz.


Este, en particular, es parte de un trabajo práctico que tuve que hacer acerca de las autobiografías. La consigna consistía, más o menos, en escribir un capítulo de el supuesto libro de nuestra historia. A partir de ahí, tomé un momento un tanto difícil para mí que no habría podido superar de no haber sido por mis amistades, pero particularmente por una amiga que estuvo desde siempre. una suerte de carta de agradecimiento para ella, por su amistad, por su amor y por todo lo que hace por mí día a día. A ella y con todo el corazón: gracias.




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