La imagen personal habla por nosotros en todos los aspectos y en todos los cargos, mucho más si estamos inmersos en el ámbito de atención al público. Somos la cara visible de la compañía y tenemos que dar una imagen inclinada a la responsabilidad y a la resolución de inquietudes y problemas; las normas de pulcritud se mantienen perennes y las reglas del juego, básicamente, se centran en marcar la diferencia entre la competencia y la empresa en la que uno trabaja. El 93% de la primera impresión, por ejemplo, depende de la imagen, mientras que solamente el 7% depende de lo que decimos. Es entendible, la forma en la que nos ven define el modo en el que nos tratan. Absolutamente lógico, perfectamente racional.
Pero... ¿completamente válido? ¿Somos lo que nos ven sin contar las aptitudes y habilidades?