Bienvenidos

Somos las decisiones que tomamos, el trago de elegimos beber, las lágrimas que queremos soltar, las cadenas que aceptamos tener y las letras que decidimos juntar.

Somos humanos vulnerables, somos una existencia efímera, somos un detalle al pasar. Sin embargo luchamos, contra todo pronóstico, para convertirnos en un coctel de letras y vodka en la mesa del universo.

Queremos ser ínfimamente grandes. Queremos estar por siempre.

O casi.

... y polvo serás


Las casas cercanas unas a otras, el suelo rojizo, el acento regional… Todo a su alrededor tenía el gusto agridulce del regreso. Y es que en Chuquisaca nadie había notado en mayor medida su ausencia. Las heridas de guerra y las cicatrices de su corazón le recordaban que había sido real su ausencia. Sospechaba que su nombre no estaría en ningún lado. ¿Quién le daría la bienvenida a su tierra a Juana Azurduy?
Sus colegas estaban muertos o, en el mejor de los casos, exiliados. Sin embargo, la diferencia entre el calor de su tierra y el frío de su gente la había sorprendido: todo allí estaba y permanecía por gente como ella, que daba su vida por la libertad. Cuatro años después de su llegada todo seguía igual o peor. Ni siquiera cobraba la pensión que le correspondía, se la habían cancelado y sobrevivía con poco y nada. 

Desde el pequeño comedor de lo que era su casa –que había pasado a ser propiedad de su hermana Rosalía–, contemplaba en silencio cómo su hija, su hermosa e inmaculada Luisa, jugaba en el suelo con dos pedazos de tela que fingían ser muñecos. “Tendrían que ser muñecos de verdad”, pensaba. Era injusto eso. No quería honor y gloria eterna, pero no merecía el desprecio tampoco. Si hubiera sido diferente, si los quince años de su hija fueran diferentes, a los mejor no hubiera sublevado a su idea de justicia moral. 

—Mi pequeña Luisa… Un futuro prometedor le esperaría si acaso hubieran reconocido mi labor en la defensa de las tierras del sur de tu madre. 

— Que fueron muy importantes, madre —recalcó Luisa, dejando de lado las muñecas de trapo y observando los pómulos trigueños de Juana, atacados por el paso del tiempo—. Merece mucho más de lo que le han dado, merece más que esto. 

—Todos merecemos un poco más. Más amor del pueblo por el que tanto luché, más amor del pueblo en el que crecí, más amor de quienes han sido salvados de la muerte por mi espada. El mundo no es justo para nadie, Luisita. Quienes reconocieron algo de grandeza murieron. Que Dios mantenga a Güemes en la gloria, hija mía. 

Sobre sus mejillas arrugadas pasaron dos lágrimas que surcaron su rostro y dejaron la piel brillante de angustia. 

—¡No llore! —sollozó la adolescente —. ¡No llore, que usted es fuerte! ¡No llore, que lloraré también! 

Se acercó a hurtadillas hasta su madre y apoyó el mentón en sus muslos. Mirarla la destrozaba, pero no mirarla también. 

—Hago lo posible, m’hija —Secó su rostro con tanta dureza que enrojeció—, pero quienes ayer nos enaltecían cuando servíamos en batalla, hoy nos dan la espalda y nos niegan la comida que tanto necesitamos —Acarició el cabello azabache y brillante de Luisa—. Te niegan la comida a vos, chinita… Pero no quedará así esto. 

Su hija levantó la cabeza y la observó fijamente, las lágrimas corrían por su piel tersa y trigueña. Juana Azurduy se llenó de cólera. Su hija era sagrada, su alma, corazón y vida. ¿Quiénes creían que eran para lastimarla? 

—Mi dolor será compartido —continuó, besando la frente de su hija y quitándole el cabello que le tapaba la vista—, pero el tuyo será devuelto y multiplicado para los que te hicieron este mal. La gente del sur que tanto protegió nuestras tierras (y digo nuestras, aunque mías no lo fueron ni lo serán nunca) va a saber lo que es perder terreno de batalla. 

—¿Qué hizo, madre? 

La muchacha no terminaba de entender si su madre estaba balbuceando palabras de odio y rencor, o si realmente había planeado alguna suerte de venganza. La voz en ella le recordaba cuando era más pequeña y la acompañaba a jugar: en las planificaciones en su inocente juego de guerra tenía el mismo tono de voz. 

—Nada que no sea justo. Nada que no sirva para que los cobardes aprendan a recordar. —Se levantó de la silla corriendo con delicadeza la cabeza de su hija de sus piernas y comenzó a mover los brazos a modo de reproche—. Defendí su tierra de invasores que buscaban someterlos y forzarlos a ser algo que no querían ser. Les di mi vida, mi cuerpo y mi familia. Me perdí tu niñez por servirles. Perdí a tu padre por servirles. Conseguí un compañero de vida por servirles, pero ellos mismos también me lo quitaron. Todo para mantener sus tierras a salvo del enemigo… Pero el enemigo estaba en el mismo bando nuestro. Y que me perdone mi comandante. 

—¿Que la perdone por qué, madre? 

—Por servir en el bando políticamente incorrecto —Viró la cabeza hacia Luisa—. Tanto tiempo defendiendo las tierras y los verdaderos enemigos están sentados en el mismo cuarto. Me encargué de escribir una carta a un porteño que podría darme un poco de justicia. 

Su hija no hablaba. La observaba con los ojos abiertos y la boca cerrada, algo desconcertada. 

—Le mandé una carta a Rosas y que Güemes me perdone, pero no me arrepiento y quizás sea la única forma de remendar el dolor que esa gente provocó en nosotras. Fuimos hechas a un lado luego de estar en el frente de batalla, y juro por mi Alto Perú querido que no van a olvidarse nunca de esto. 

—¿Qué decía la carta? —preguntó temerosa la niña. 

—Hay un plan, una estrategia que puede servir desde su gobierno para obtener más tierras para gobernar, pero solo tienen una forma de conseguirla: arrasando con toda la gente a su paso. 

—¿Qué tierras, madre? ¿¡Vas a invadir nuestro hogar?! 

—No, hija. Van a invadir la tierra a su alrededor, esa que consideran parte de lo suyo. La carta lleva una explicación sobre cómo podrían conseguir más tierras para poder levantar su bandera y dirigir con todo el poder de su ley. Tendrán que ir con caballos y espadas, Luisa: Tendrán que matar a cualquiera que se niegue a ser como ellos. 

—¡Que terrible! ¡¿Cómo es que no te avergüenza haber hecho eso?! 

—Me avergüenza haber servido a un pueblo que no me valoró. Maté gente y bañé con sangre el suelo najo mis pies y deshonré a la naturaleza rompiendo con el orden que la madre tierra nos impuso. ¿Por qué tengo que ser responsable de lo que puedan hacer ellos? —Se acercó a su hija, que aún seguía en el suelo, y secó las lágrimas que seguían surcando su rostro—. Seque esas lágrimas, Luisita, que todavía no ocurrió nada —Se levantó y se dio la media vuelta, observando el cielo desde la pequeña ventana de su comedor—. Ellos son los que matarán a la gente de su tierra y llenarán sus manos de sangre inocente, no yo. Y que las personas que viven libres en esas tierras me perdonen… 

Sorbió su nariz y siguió mirando el cielo, que brillaba celeste e impoluto por todo el firmamento. —… pero que jamás los perdonen a ellos.



El texto anterior respondía a la consigan de un trabajo práctico que pedía escribir un diálogo entre dos personajes de nuestra historia madre e hija en este caso— en el que se le revelara información inédita que generaría graves consecuencias para la posteridad.






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