El primer beso fue un espiral de emociones. Fueron hacia él e invadieron con impasible emoción cada rincón de su cuerpo, elevaron como majestuosas aves todos aquellos recuerdos que creía románticos, revivieron cada hazaña amorosa, incluso la paupérrima, y le rememoraron el sentido original del amor. ¿Acaso todo lo que vivió antes de ese beso estaba mal?
¡Dioses, no! No era incorrecto, simplemente no era. No era el amor que consideraba, no era el cariño que aparentaba, no era el temblor del alma siendo atacada por las cuchillas de un alma ajena, invasora y negligente. No era un beso establecido, no era el beso que creía correcto.
¡Era un beso entre bocas similares!
Las barbas se rozaban como dos enemigos batallando a muerte. El espejo, testigo silencioso, reflejaba una imagen que deseaba no fuera verdad. Buscó imaginar, más allá de la realidad que experimentaba, un mundo alterno donde el beso provenía de una piel aterciopelada, cuya portadora era una bella mujer de cabellos rizados y ojos azules grisáceos. El beso, por momentos, era una bandera blanca izada en el medio de un campo de batalla donde los dos bandos que disputaban la victoria eran, irónicamente, el mismo. ¿Con qué objeto se mentía? ¿Por qué buscaba una boca femenina cuando lo que tenía frente a sí era un hombre, igual que él? ¿Por qué busca mentirse, si realmente lo disfrutaba? ¿Por qué, sabiendo que le gustaba, lo negaba?
La respuesta, sencilla, se escribía invisible en el vidrio de la ventana del baño: “Porque te gusta”. Solo él podía verla, pero le parecía convenientemente suficiente.
Volvió los ojos hacia el mozo que lo besaba, volvió a sentir una barba contra su piel y unos brazos anchos que buscaban los suyos, delgados y malhechos. Observó unos segundos más la escena y se preguntó si acaso todas las quejas y negaciones del mundo le permitirían olvidarse del sentimiento de libertad que irradiaba en ese momento, donde había podido ser totalmente él sin temor a represalias.
La respuesta, esta vez, apareció sobre los ojos del muchacho que lo besaba.
“No podrás olvidarlo”.
Finalmente, apagó sus prejuicios, que llevaban la carga de todos los pensamientos de todas las personas que conoció, y se dejó ser.
Por primera vez, se dejó ser.

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