Bienvenidos

Somos las decisiones que tomamos, el trago de elegimos beber, las lágrimas que queremos soltar, las cadenas que aceptamos tener y las letras que decidimos juntar.

Somos humanos vulnerables, somos una existencia efímera, somos un detalle al pasar. Sin embargo luchamos, contra todo pronóstico, para convertirnos en un coctel de letras y vodka en la mesa del universo.

Queremos ser ínfimamente grandes. Queremos estar por siempre.

O casi.

Sueños y cenizas


Lo único que me gustaba de los viajes a la ex casa de mi padre era el recorrido en auto hasta allá. Pasaba las cuatro horas escuchando música y pensando en todo lo que podría hacer cuando volviera –básicamente juntarme con mis amigos a tomar algo–, pero cuando llegábamos al pueblo, mágicamente me quedaba sin ganas de escuchar música, sin humor para ser amable y sin energía para fingir alegría. La semana anterior a mi cumpleaños no debía consistir en volver a mi niñez. Mi plan era alejarme de la infancia, pero me obligaban a intoxicarme de ella una vez al año, recordando “los buenos tiempos” donde lo único grave que podía llegar a hacer era robarme las botas militares de papá para jugar en la calle. 

“No te amargues, que acá vive tu historia”, me repetía mamá cada maldita vez que llegábamos al cuadro familiar en el centro del comedor. “Acá estábamos con vos recién nacido”, repetía como un loro. Lo había dicho siempre, no iba a cambiar de parecer después de veintidós vueltas al sol. Era una opción maravillosa, pero improbable.
 

Bajamos del auto y llevé la mochila a lo que era mi cuarto: una habitación empapelada con siluetas de ballenas y tanquecitos de guerra por todos lados, con pegatinas que brillaban en la oscuridad en una pared y con una galería de posters de bandas infantiles en otra. Sin mirar demasiado a mi alrededor, tiré la mochila al lado de los bolsos del uniforme de papá y me recosté en la cama. Como no tenía nada interesante para hacer, me concentré en pasar los niveles del Candy Crush hasta quedarme dormido. Sin Wi-Fi en casa no tenía muchas chances de ser un adolescente normal. 

Cuando me desperté ya era de noche y el frío comenzaba a picarme en la piel. Miré por la ventana de mi cuarto para comprobar lo mismo de todos los años: las pocas casas que había alrededor estaban todas desiertas, no había un foco prendido en ninguna y, si las observaba con detenimiento, hasta podía confirmar que las ramas caídas estaban el mismo lugar que el año anterior. El deterioro era evidente y no había chance de que alguien pudiera permanecer pacíficamente entre todo el polvo y la mugre que había a menos que viviera mi media naranja entre toda esa roña. 

El frío estaba más fuerte de lo habitual y yo estaba demasiado somnoliento, por lo que tuve que levantarme de la cama e ir al altillo donde teníamos guardada la ropa de invierno para taparme con algo grueso y abrigador. Agarré un cuchillo de la cocina para romper las bolsas que las guardaban y me fui sin decirle a mis padres, que cada vez que proponía subir, me atacaban con un centenar de excusas sin sentido. 

Cuando abrí la puerta, todo en esa habitación era polvo y telarañas, como si nadie hubiera subido en mucho tiempo. Me pregunté si mi mamá, que tan obsesionada es por la limpieza, no se planteó nunca pasar el plumero por ese lugar. Habría sido su perdición de haberlo visto. 

Fui hasta la punta del altillo, donde estaba el mueble de madera de mi estatura con bolsas de consorcio y cajas. Agarré la bolsa más grande que vi –y, por ende, la que tenía la frazada más abrigadora–, y la llevé arrastrando hasta que el cuchillo chocó con una caja que cayó de costado y tiró un montón de fotos y cartas de mis padres cuando eran jóvenes. La polvareda se elevó y tuve que mantener la respiración para no toser y exponer mi ubicación clandestina en la casa. Miré detrás de la bolsa y vi la línea de piso marrón emergiendo de toda la tierra que había cargado sobre ella durante tantos años. Me resultó sospechoso que mamá no subiera a limpiar nunca, pero no lo pensé demasiado. Mientras no llegara en ese momento, me contentaba. 

Me agaché para levantar y guardar las fotos y me agarró la nostalgia por primera vez en años. Dejé a un lado el cuchillo y vi una foto –amarillenta por el paso del tiempo y la absoluta compañía del polvo– en donde mis padres me cargaban en brazos. Parecía una imagen antiquísima, mi cara casi estaba borrada entre las manchas de humedad. Levanté una a una las fotos, observando cada detalle del momento capturado y pensando si alguna vez podría volver a sentirme de esa forma con mis padres. Después de los diez años, algo se había roto en nuestra relación: siempre peleaban para mi cumpleaños y mi mamá terminaba llorando, al menos hasta mis veinte años, cuando los dos se mantuvieron inertes e inexpresivos como mi esperanza de verlos felices juntos. 

Casi antes de terminar de guardar todo vi un sobre con mi nombre. La tinta casi ni se veía con la luz tenue del altillo, pero ahí estaba la carta, esperando que llegara. 

Rompí con cuidado la parte del pegamento y leí, casi con miedo: 

              Martín: 

                    Te quisimos desde el primer segundo, quiero que eso lo tengas presente siempre, y fue por eso que estás con nosotros. No eran las formas y te pido disculpas por eso, pero realmente era esto o dejarte morir. Eras tan pequeño, tan frágil… que imaginarte a punto de morir me daba pesadillas. Me siguen dando pesadillas esos pensamientos. Porque no se van, Martu. No se van ni siquiera teniéndote cerca. 

Te veo de madrugada cuando dormís y pienso que hice lo que tenía que hacer y que, dentro de todo, pude ser la madre que te merecés, pero me siento sucia de todas formas. El dolor no se va y la culpa tampoco. Me quieren matar todas las noches y les digo que no, que tengo que vivir por vos. Porque ahora sos mi futuro y no me puedo dar el lujo de dejarse solo de vuelta. No puedo ni quiero hacerlo. 

Pero tampoco puedo negarte el derecho de la identidad. Si yo lo tuve, ¿por qué vos no? 

Tu padre me ataca y me censura para que no te diga nada, pero es necesario que lo sepas. Él obró mal y yo también, pero te juramos, amorcito mío, que lo hicimos porque era la mejor decisión para vos. No quiero que te olvides de eso nunca. Y tampoco quiero que te olvides que somos tus padres a pesar de todo, porque fuimos los que te criamos y te hicimos ser la persona que sos y la que vas a ser. 

Hace unos años cayó un matrimonio al trabajo de tu papá. El matrimonio tenía planes muy peligrosos para el país y opiniones muy desacertadas sobre la política militar. Cruzaron sin permiso todo el campo hasta que la guardia nocturna los redujo. El equipo de tu padre los retuvo unos días para averiguar sus antecedentes y saber si todo lo que decían era cierto. Porque hablaban de bombas, de ataques, de asesinatos y de sangre inocente derramada… No podían dejarlos libres, no era seguro. 

Comenzaron a indagar sobre el origen de esas amenazas, pero no encontraban ninguna respuesta que fuera lógica. Se propusieron acceder a la información utilizando algunos métodos menos ortodoxos. 

Que dios perdone a tu papá, Martín. Estaba consumido por el morbo de someter a otra persona. Me llamó llorando a la madrugada, diciendo que había pasado la línea y que tenía que pagar las consecuencias… y no podía no apoyarlo. Fui a buscarlo, me dejaron pasar y los vi en el suelo, inmóviles. Tu papá los había matado sin darse cuenta. Me llevé a tu papá afuera y le hice entender que no había sido su culpa –porque no lo fue–, que, si las circunstancias hubieran sido diferentes, no tendría que haber acabado así. 

Decidimos ir a la dirección que indicaba el documento del hombre. Tocamos timbre y nadie salió. No había ninguna persona en las otras casas lindantes, la única relativamente limpia era esa. Llamamos y llamamos, pero nadie salió. Justo cuando estábamos por irnos, escuchamos un quejido suave del interior de la casa. Tu padre tiró la puerta abajo y corrió en búsqueda del llanto. Yo lo seguí lo más rápido que pude. Cuando llegué al origen del ruido, quedé obnubilada de ternura. 

Estabas por primera vez en los brazos de tu padre. Te cargaba como propio y lentamente te fuiste calmando hasta que te dormiste sobre él. 

Remodelamos la casa en dos semanas y fuimos a vivir a la casa donde te encontramos. A nuestra casa, a tu casa. Antes de cumplir el año ya eras parte de nuestra familia. Ya tenías nuestro apellido y ya eras un pedacito nuestro, de la misma forma en la que lo sos ahora. 

Y me duele cada letra que escribo en esta carta admitir que no sos mi hijo de sangre, pero lo sos igual, porque en mi corazón te adopté desde que te vi esa noche. 

No sé cuándo vas a leer esta carta, pero sé que voy a seguir amándote como el primer día. Solo espero que perdones a tu padre y me perdones a mí. Hicimos lo que pudimos para hacerte feliz… Espero que puedas entender eso algún día. A mí me costó, pero lo entendí. Sos mi milagro más grande. Martín. 

Te amo con el alma. 

Mamá 



Las piernas me temblaban como jamás en la vida me habían temblado. Mi cabeza trataba de olvidar lo inolvidable. Maldito el momento en el que tiré esa caja. Maldito el momento en el que leí esa carta. Maldito el momento en el que me robaron la historia. 

Maldito el momento en el que me robaron la identidad. 

La realidad me sacudió como nunca. El frío se había ido, pero no estaba triste. En un principio pensé que iba a llorar, pero lentamente la angustia se convirtió en furia, que luego se convirtió en locura. Porque no iba a dejar que se salieran con la suya. 

Podrían haberme dicho cuando comenzaba a tener conciencia de razón lo que ocurría. Podrían haberme anticipado. Al menos decirme que era adoptado –o robado– para entender que mis raíces no estaban allí, con ellos. Las cosas hubieran sido diferentes, no habría sido tan trágico todo. No habría sido víctima de las circunstancias. 

Después de eso, solo recuerdo flashes, como imágenes saliendo de la nada en mi cabeza. Recuerdo bajando con la frazada en una mano y el cuchillo en la otra. Luego recuerdo la cara de mi madre abierta de par en par, pero es una imagen borrosa, casi incomprensible en mi mente. Pero sí recuerdo bien a mi padre, con veintidós huecos en el estómago y la mirada estancada en la pared, sin vida. También recuerdo la satisfacción de verlo muerto. 

Pero le juro, su Señoría, que no lo hice a propósito.





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