Bienvenidos

Somos las decisiones que tomamos, el trago de elegimos beber, las lágrimas que queremos soltar, las cadenas que aceptamos tener y las letras que decidimos juntar.

Somos humanos vulnerables, somos una existencia efímera, somos un detalle al pasar. Sin embargo luchamos, contra todo pronóstico, para convertirnos en un coctel de letras y vodka en la mesa del universo.

Queremos ser ínfimamente grandes. Queremos estar por siempre.

O casi.

Deriva

 

En cuanto abre la puerta, la imagen de su comedor se le presenta como un retrato de todas sus derrotas profesionales. El imponente cuadro de la pared de frente le da una lúgubre bienvenida y el cielo sin estrellas de su lienzo parece continuar en las pinturas colgadas a ambos lados: dos cuadros horizontales del mar profundo con tres tonos de azul que se muestran como brazos que lo apartan del triunfo y lo ahogan en una desesperación avasallante y una soledad a la que, tristemente, está acostumbrado.

Deja las llaves sobre el mantel de la pequeña mesa a su lado y busca en el modular, con desgano y cierto miedo, el control remoto para encender su televisor. Esquiva los potes de acrílico y los bollos de papel en el suelo, aprieta el botón rojo y un mensaje resalta en la pantalla, recuadrado en triste azul francia: el servicio se encuentra encriptado.

Perfecto, lo único que faltaba.

Busca el teléfono por toda la sala para corroborar si le cortaron el servicio por no pagar, pero no lo encuentra: las cosas parecen esfumarse de sus manos en el último tiempo. Inspecciona cada lata con pinceles en el departamento con la idea de encontrarlo, pero lo único que ve son las imborrables manchas policromáticas sobre la madera de todos los muebles que no cuidó debidamente; voltea, observa un bulto bajo el mantel de la mesa donde dejó las llaves y se acerca impaciente. El desorden lo altera y se cuestiona a sí mismo todo lo que estuvo haciendo con su vida hasta ese momento. ¿Vale la pena el sacrificio y el dolor de no prosperar?

Esquiva un pote manchado con acrílico gris cemento y su pie tropieza con la esquina de uno de los retratos que tiene encimados en el suelo. Cae de frente y se agarra impulsivamente de lo primero que encuentra, intentando evitar la caída con la sábana grisácea donde apoya sus cosas desde que recuerda; el retazo de tela no resiste su peso y lo acompaña hasta el suelo, junto con el teléfono y un estruendoso choque de madera y tela que se esparcen frente a su cara. Descubre, luego de superar el susto, la cantidad de paisajes encuadrados que había estado escondiendo de sí mismo tras un mantel: campos verdes, noches de luna llena, montañas nevadas, un hermoso lago iluminado por la luz estival del sol, un atardecer lleno de matices anaranjados que le dan a la ciudad un aura de misericordia y perdón, pintado desde el ventanal de su casa por él, –irónicamente–. El mismo ventanal que ahora lo mantiene encerrado de lunes a lunes y que, sin escrúpulos, consume la poca esperanza de un futuro mejor.

El recuerdo del día en el que pintó ese cuadro lo empapa de realidad como si fuera un balde con agua helada.

Camina cojeando hasta allí, corre las cortinas y deja entrar las luces de la calle, que llenan el comedor de un celeste blancuzco que reemplaza el violeta pastel de la tela. Gira la cabeza y observa su casa: se da cuenta de que, durante mucho tiempo, solo estuvo iluminada por la luz tenue de su televisor encendido; la pared y los lienzos vírgenes reciben el brillo de la vida externa y lo reflectan a los demás objetos de la sala. La pintura incompleta sobre el caballete resalta el único color que posee y el plateado del exterior le llega como la única estrella de un cielo vacío. Se acerca lentamente, toma del piso el frasco de acrílico que lo hizo caer y vacila entre tomar el pincel de suelo y continuar con su obra o cerrar las cortinas y apagar el último fuego de esperanza en su futuro.

Mira una vez más los tres cuadros de su izquierda. Esos cuadros que buscan dominarlo, someterlo, abrazarlo.

Abrasarlo.

Observa, por última vez, el lienzo sobre el caballete: mira con detenimiento el frasco y trata de encontrar, en algún rincón del opaco y manchado plástico, alguna señal para ser resiliente y superar el obstáculo, pero ya no se emociona. El agua del océano finalmente lo envuelve y cualquier sentimiento benevolente se apaga por la presión inconmensurable de la soledad y la tristeza

Tira al suelo el acrílico, apaga la televisión y cierra la cortina violeta, que cambia el color del ambiente. Observa que la luz celeste de las calles le da un tono diferente a la tela, la vuelve menos violeta.

Ahora todo es azul.




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