En cuanto abre la puerta, la imagen de su comedor se le presenta como un retrato de todas sus derrotas profesionales. El imponente cuadro de la pared de frente le da una lúgubre bienvenida y el cielo sin estrellas de su lienzo parece continuar en las pinturas colgadas a ambos lados: dos cuadros horizontales del mar profundo con tres tonos de azul que se muestran como brazos que lo apartan del triunfo y lo ahogan en una desesperación avasallante y una soledad a la que, tristemente, está acostumbrado.
Perfecto, lo único que faltaba.
Busca el teléfono por toda la sala para corroborar si le cortaron el
servicio por no pagar, pero no lo encuentra: las cosas parecen esfumarse de sus
manos en el último tiempo. Inspecciona cada lata con pinceles en el
departamento con la idea de encontrarlo, pero lo único que ve son las imborrables
manchas policromáticas sobre la madera de todos los muebles que no cuidó
debidamente; voltea, observa un bulto bajo el mantel de la mesa donde dejó las
llaves y se acerca impaciente. El desorden lo altera y se cuestiona a sí mismo
todo lo que estuvo haciendo con su vida hasta ese momento. ¿Vale la pena el
sacrificio y el dolor de no prosperar?
Esquiva un pote manchado con acrílico gris cemento y su pie tropieza con
la esquina de uno de los retratos que tiene encimados en el suelo. Cae de
frente y se agarra impulsivamente de lo primero que encuentra, intentando
evitar la caída con la sábana grisácea donde apoya sus cosas desde que recuerda;
el retazo de tela no resiste su peso y lo acompaña hasta el suelo, junto con el
teléfono y un estruendoso choque de madera y tela que se esparcen frente a su
cara. Descubre, luego de superar el susto, la cantidad de paisajes encuadrados
que había estado escondiendo de sí mismo tras un mantel: campos verdes, noches
de luna llena, montañas nevadas, un hermoso lago iluminado por la luz estival
del sol, un atardecer lleno de matices anaranjados que le dan a la ciudad un
aura de misericordia y perdón, pintado desde el ventanal de su casa por él, –irónicamente–.
El mismo ventanal que ahora lo mantiene encerrado de lunes a lunes y que, sin
escrúpulos, consume la poca esperanza de un futuro mejor.
El recuerdo del día en el que pintó ese cuadro lo empapa de realidad
como si fuera un balde con agua helada.
Camina cojeando hasta allí, corre las cortinas y deja entrar las luces
de la calle, que llenan el comedor de un celeste blancuzco que reemplaza el
violeta pastel de la tela. Gira la cabeza y observa su casa: se da cuenta de
que, durante mucho tiempo, solo estuvo iluminada por la luz tenue de su
televisor encendido; la pared y los lienzos vírgenes reciben el brillo de la
vida externa y lo reflectan a los demás objetos de la sala. La pintura incompleta
sobre el caballete resalta el único color que posee y el plateado del exterior
le llega como la única estrella de un cielo vacío. Se acerca lentamente, toma
del piso el frasco de acrílico que lo hizo caer y vacila entre tomar el pincel de
suelo y continuar con su obra o cerrar las cortinas y apagar el último fuego de
esperanza en su futuro.
Mira una vez más los tres cuadros de su izquierda. Esos cuadros que
buscan dominarlo, someterlo, abrazarlo.
Abrasarlo.
Observa, por última vez, el lienzo sobre el caballete: mira con
detenimiento el frasco y trata de encontrar, en algún rincón del opaco y
manchado plástico, alguna señal para ser resiliente y superar el obstáculo, pero
ya no se emociona. El agua del océano finalmente lo envuelve y cualquier
sentimiento benevolente se apaga por la presión inconmensurable de la soledad y
la tristeza
Tira al suelo el acrílico, apaga la televisión y cierra la cortina
violeta, que cambia el color del ambiente. Observa que la luz celeste de las
calles le da un tono diferente a la tela, la vuelve menos violeta.
Ahora todo es azul.

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