La imagen personal habla por nosotros en todos los aspectos y en todos los cargos, mucho más si estamos inmersos en el ámbito de atención al público. Somos la cara visible de la compañía y tenemos que dar una imagen inclinada a la responsabilidad y a la resolución de inquietudes y problemas; las normas de pulcritud se mantienen perennes y las reglas del juego, básicamente, se centran en marcar la diferencia entre la competencia y la empresa en la que uno trabaja. El 93% de la primera impresión, por ejemplo, depende de la imagen, mientras que solamente el 7% depende de lo que decimos. Es entendible, la forma en la que nos ven define el modo en el que nos tratan. Absolutamente lógico, perfectamente racional.
Pero... ¿completamente válido? ¿Somos lo que nos ven sin contar las aptitudes y habilidades?
Las preguntas son polémicas puesto que arrastran una historia conservadora y aferrada a formalidades antiguas basadas en la pureza del cuerpo que va de la mano con una pureza mental. Un cuerpo libre de perforaciones, de tatuajes y de llamativos tintes para cabello era el objetivo ideal del empleador en una empresa; todas esas alteraciones en el cuerpo quedaban para los convictos, los bohemios y los renegados sociales. Un estigma que perduró durante décadas y que, incluso al día de hoy, hace ruido en ciertas firmas. Las personas con el pelo teñido de colores atípicos, con piercings o con tatuajes encuentran una traba laboral por lo que puede ser considerado un detalle, quizás. ¿No existe poder si no existe una imagen seria que lo imponga? ¿No existe autoridad si el cabello es azul, si se le nota un tatuaje en el antebrazo o si tiene un séptum en la nariz?
A pesar de haber avanzado muchísimo en lo que respecta a la imagen laboral, sigue habiendo un prejuicio social, laboral y personal sobre este tema. Quizás por eso los puestos jerarquizados se encuentran más atados a las viejas normas que los integrantes de equipo. Un encargado que estuvo en su puesto durante más de un año, ¿tendrá la misma autoridad si cambia su color de pelo por un tono fantasía? ¿Será menos "serio" por tener el brazo lleno de tatuajes de color? ¿Mantendrá las cualidades a pesar de cambiar algún aspecto físico?
La respuesta debería ser sencilla: Sí, debería mantener la autoridad y seriedad porque las aptitudes, habilidades y herramientas que obtuvo para el puesto no cambian con polvo decolorante o con tinta china.
La superación del prejuicio debería enfocarse en tres aspectos generales de igual importancia en el espectro laboral en el que se encuentra: los empleados a los que lidera, los clientes con los que interactúa y los superiores que lo dirigen.
Si ganó la confianza de los miembros de su equipo, esta no se irá con un cambio tan superficial, que resulta ser el menor de los males. Simplemente se trata de mantener el carisma y el liderazgo como antes para que lo importante (todo lo que obtuvo durante todo ese año) permanezca, como haría cualquier otro superior.
Los clientes, de una u otra forma, pueden acostumbrarse. Algunos fácilmente, otros no tanto. La clave para ellos está en la autoridad y en la legitimidad de la voz: Si lo que se dice es veraz, si la voz no falla, si se mantiene una postura de cordialidad y seriedad, no llegaría a complicarse demasiado que una persona sea respetada por otra.
Los superiores que lo dirigen son otro tema, quizás el más delicado. En una empresa conservadora donde los valores no mutan para adaptarse a las exigencias y novedades del mundo moderno, la aceptación se choca con la postura reacia de la estaticidad. ¿Realmente era necesario ese cambio en vos? ¿Por qué lo hiciste, si sabías que no cumple con las expectativas de la empresa? ¿Qué vas a ganar con esto?
¿Qué vas a perder con esto?
Según un estudio de la bolsa de trabajo OCCMundial de 2015, el 52% de las empresas consideraban el uso de tatuajes como una ideología organizacional, un 21% tomaba al empleado como poco profesional y un 10% lo consideraba rebelde. En un lustro, estos números bajaron radicalmente y las exigencias laborales se adaptaron al nuevo mundo: se volvieron más flexibles e inclusivas.
Sin embargo, el estigma de los piercings y el cabello fantasía sigue estando en la mira. No tienen la historia del tatuaje, cuyo uso data de mucho más tiempo que ellos, lo que implica más lucha histórica para su aceptación.
Los tres flancos sociales a los que se tienen que enfrentar son conflictivos, pero no imposibles de cambiar. Solo se trata de demostrar, una vez más, que las habilidades de responsabilidad, aptitud, liderazgo y capacitación exceden los parámetros impuestos en un mundo laboral estancado en el tiempo. Los tiempos son otros.
Las personas también.

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