Fue una de las 20 muertes por día, de las 606 muertes por mes, de las 7274 muertes al año en accidentes de tránsito. Fue un número más de todos los que recorren los medios y que se cubren entre otras noticias más nuevas y relevantes. Fue una víctima más de la imprudencia, Pero para mí fue muchísimo más que una víctima. Fue un pedazo de mi alma, vida y corazón.
En el cementerio, la tierra cubre el ataúd de mi madre de la misma forma en que la angustia sepulta todo lo que me queda de fuerza. Veintitrés años no me prepararon para perderla en absoluto; siento la tierra en los pulmones con cada bocanada que me recuerda que ella está muerta y yo no. Me aferro a mi novio y a mi padre buscando vida entre tanta muerte alrededor, tratando de olvidar su cara en el velorio, cuando la miraba esperando que abriera los ojos y me dijera que todo estaba bien. Pero no. No estaba todo bien. No está nada bien.
Miércoles
A las cinco y cuarto de la mañana la vibración de mi teléfono me despierta. No llego a atender, pero me llega casi al instante un mensaje de mi hermana: “Juan, cuando puedas llamame. Es urgente”. Respondo a su pedido con sueño y sin entender mucho la urgencia hasta que escucho la voz devastada de mi hermano. “Nos quitaron a mamá, Juan. Ya no está, nos robaron a mamá”, repite varias veces. No lo proceso porque no me parece lógico, la vi el sábado y pasamos la tarde juntos. Conoció a Lucas, mi novio. Se llevaron bien y hablaron. Cocinó pizzas. Es imposible que no esté más Corto la llamada y me quedo en la cama acostado, despertándome con el trago más amargo de mi vida, tomándolo de a poco y con cautela. Pasa una hora y sigo sin dormir, pensando en cuántas veces la vi en este último tiempo, si fue suficiente como para que muriera sabiendo que la amaba –si es que realmente está muerta y no es una broma pesada–, o si no fueron las necesarias. Recuerdo cada segundo de la última tarde que pasamos; imprimo en mi mente su rostro, sus gestos, su Sol, su Ascendente y su Luna en Géminis. Retengo todos los datos que puedo hasta que me suena la alarma para ir al trabajo. Una hora y cuarto pensando sin parar. Me visto sin pronunciar palabra y guardo las cosas de la facultad en la mochila como si no supiera que no voy a llegar.
Antes de irme saludo a mi papá, que está tendiendo la cama. Le pregunto si Fede –mi hermano– lo llamó para decirle. “¿Decirme qué?”, responde. Le digo que los llame a ambos porque van a necesitar apoyo. “Mi vieja se murió”.
Cuando lo digo, se vuelve mucho más real y contundente. La neutralidad se vuelve angustia y de repente entiendo que no está más, que no la voy a ver sonreír nunca más. Antes de que mi viejo me abrace me voy de su cuarto y de la casa, no puedo quebrarme porque no hay marcha atrás si lo hago: todavía no es lo suficientemente real como para tumbarme.
A las ocho, cuando llego al trabajo, le cuento a la compañera que tengo al lado y evito cualquier muestra de afecto y comentario. “No quiero que me abraces ni que opines ni que me digas nada”. No es tiempo de entender.
Me fumo un cigarrillo en el descanso, a la una de la tarde, mirando el reloj con desdén porque mis segundos siguen marchando, pero los de ella no. Pararon en ese choque a las dos y media de la madrugada y nunca más van a arrancar de vuelta. Nunca más van a volver a juntarse sus segundos con los míos para transformar nuestro tiempo en amor.
A las dos de la tarde, cuando vuelvo a la línea de facturación, leo un mensaje de mi hermana que dice que el cuerpo no lo entregan hasta mañana; me acerco serio a mi compañera y le pregunto cómo es el trámite del sepelio: a quién hay que llamar, qué hay que decir, cómo se arregla todo. Me responde con la voz neutra y yo asiento en silencio con miedo, el nudo en la garganta regresa con más fuerza que nunca y hago un esfuerzo inefable para no volver todo más real, pero cuando me agarra la mano y me dice con los ojos brillosos que todo va a estar bien, me quiebro completamente y pronuncio por primera vez las palabras que más temía: “mi vieja se murió”. Sale de su línea de caja y corre a abrazarme. El contacto que tanto rechacé me cubre, pero nada existe a mi alrededor excepto el accidente de mamá, la muerte y yo. No es tiempo de entender, pero empiezo a entender igual. Ya no hay vuelta atrás.
Cierro mi caja y me voy a las tres con el perfil bajo para no cruzar miradas de lástima o consuelo. Me cambio y salgo llorando del portón. Lloro hasta llegar a la casa de mi amiga y lloro hasta que llego a casa. Todo es lágrimas de incredulidad y negación de todo. No puede ser real. No quiero que sea real. Mi novio me mantiene con los pies en la tierra y me lleva a casa.
A las diez de la noche leo el mensaje que tenía desde las dos de la tarde: el velorio es mañana a las ocho en San Miguel. El entierro, a las tres. Me doy la vuelta, espero un abrazo de mi pareja y trato de dormir para olvidar un poco.
Pero la realidad es muy sólida como para escapar de ella.
Jueves
Suena la alarma, pero ya estoy despierto. Me visto en silencio y subo al auto con mi pareja y mi papá, los tres iremos a despedir los restos inanimados de lo que fue mi mamá.
Me siento nervioso antes de bajar del auto luego de una hora de manejo de Wilde a San Miguel. Mantengo la compostura hasta que entro a la funeraria y veo a mi hermana.
Y todo se vuelve a romper, esta vez sin piedad.
La abrazo y lloramos. Lloramos por lo que no fue, por lo que fue y por todo lo que podría haber sido. Por el funeral, por el accidente, por nuestra mamá y por todo el amor que no pudimos tener, por el adiós que no logramos darle y por todos los “te amo” que merecía escuchar antes de que una camioneta chocara el Uber donde ella viajaba y le arrebatara la posibilidad de compartir su vida con las nuestras.
De la mano me lleva al ataúd abierto y la veo a mi mamá serena, durmiendo, como si nada hubiera pasado horas atrás. Lloro sin parar esperando que se despierte y que me sonría, que me diga que me ama y que está orgullosa de mí, de mis logros y de mi vida, de mi novio, de quién soy y de quién seré. Espero un guiño, un movimiento de respiración, una mueca, algún minúsculo espasmo que no va a llegar nunca porque ella está muerta y nada ni nadie me la va a devolver por muchas lágrimas que derrame, por muchas negaciones que tenga, por mucho dolor que sienta Ya no está. Está su cuerpo inerte, frío y cubierto por una sábana blanca que no deja ver los estragos del accidente. Pero ella no está.
Y no va a estar.
Lloro intermitente desde las nueve hasta las tres de la tarde, una hora después de lo programado. Tanta gente despidiéndola me conmueve y me recuerda constantemente que el adiós con ella es para siempre. Agarrado de la mano con mis hermanos, subimos al auto de la funeraria, tras el cajón de mi mamá y vamos en silencio, llorando, entendiendo que la realidad llega y aunque no queramos, tenemos que enfrentarla por más dolorosa que sea. Somos la suma de todas las experiencias y los momentos vividos. Y por eso mismo nuestra madre será eterna, porque vivirá en nosotros y pasaremos el legado de su vida y de su amor a los que vengan después. Volveremos a nuestras vidas sin su presencia, pero estaremos llenos de Teresa Margot León Moreira por siempre, en cada acción, en cada pensamiento, en cada sonrisa y en cada lágrima. El recuerdo la va a mantener viva en ellos y en mí. Mis logros siempre serán dedicados a ella, donde sea que esté. Porque llevo en mi corazón el suyo. Llevo en mi alma la suya. Y voy a llevar por siempre en mi vida la suya. Porque será eterna, aunque no esté.
Ya en el cementerio, la tierra cubre el ataúd de mi madre de la misma forma en que la angustia sepulta todo lo que me queda de fuerza. Veintitrés años no me prepararon para perderla en absoluto; siento la tierra en los pulmones con cada bocanada que me recuerda que ella está muerta y yo no. Me aferro a mi novio y a mi padre buscando vida entre tanta muerte alrededor, tratando de olvidar su cara en el velorio, cuando la miraba esperando que abriera los ojos y me dijera que todo estaba bien.
Pero sé que todo va a estar bien en algún momento. Todo va a estar bien siempre que la tenga conmigo.
Todo va a estar bien si la amo.
Y siempre la voy a amar.

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